DOSIGN
Police, Inmaculate Fulls, Sugar Cubes, Jesus and Mary Chains, poco después Pixies… Corría el año 88. Los sábados había pelea por la ducha, desde las 10 de la mañana. La música, a tope, sonaba en el cassette eléctrica y aguda. Las miradas cómplices entre José Javier, Juan Antonio y yo delataban los entresijos de la noche anterior. La música era importante. Cada uno de los tres veneraba en un cajón de la mesita de noche a sus ídolos. Ahorrábamos por un vinilo y era una joya cuando llegaba a casa. Nos turnábamos para descubrir los detalles del cartón, mirando las fotografías, buscando actitudes en cada una de las caras de los músicos, mimetizando los vestuarios horribles y discutiendo erratas en las letras, con el plástico de fondo, sonando a todo volumen. El siguiente paso era hacer dos copias en cassette y diseñar, a nuestro antojo, la portada. A veces intentábamos copiar las tipografías, ilustraciones o fotografías del disco, otras nos aventurábamos a crear a partir de la propia música, de las propias sensaciones. Nuestro pequeño universo, guardado en un cajón, disfrutaba de un nuevo paraíso de plástico que nos costaría un par de semanas descubrir, machacando la aguja o el lector hasta la saciedad. Mientras tanto arrancaba acordes a una vieja guitarra y se iban escurriendo los mejores años de mi vida, entre rock, algunos pases de exquisito pop, locales de ensayo ruidosos entre la percusión de Rafa y los graves de Lolo, bares nocturnos, sueños rotos, ilusiones y descubrimientos que iban limando mi personalidad. Poco más hasta el verano del 91.
Siempre me gustó el cómic. También la pintura. Me gustaba descubrir, pensar, crear, desde niño. Nunca conseguí llegar a final de curso con un libro limpio. Infectados de bocadillos sobre los personajes célebres, aviones, paisajes surrealistas, corbatas en azul y rojo, demonios y corazones. Aun así, salvé las apariencias, no sin pocos devaneos en casa, evitando hacer visible ese mundo interior que me hacía sufrir pero evitaba que estuviera quieto, muerto, convencional.
Solía andar por el estudio de Vicente Molina, quien consiguió alimentar mi obsesión por la gráfica. Intercambiábamos tebeos, hablábamos de grabados, de su pintura, de fotografía, de diseño, de artistas e ilustradores… Él era (sigue siendo) un artista prolífico y multidisciplinar. El diseño de una falla, un mueble, el dibujo, la acuarela, el óleo, más tarde la animación (guiones incluidos) no han escapado a sus dedos.
Me embaucó en la aventura de la Escola d’art de Alcoi, donde, desde una actitud algo romántica vomitábamos proyecto tras proyecto desde las luminosas aulas, los oscuros bares o los bancos de los parques. Se mezclaba el jazz con la pintura y las cervezas con los dibujos y anotaciones sobre servilletas con el logotipo de L’escenario, De dins…, o utilizábamos frases como “gracias por su visita” para jugar a dadaístas o caricaturistas de la realidad. Alumnos y profesores nos encontrábamos en las noches de Alcoi en exposiciones y fiestas. Hay quien dice que aquello ya no es lo mismo. Lo que sí es cierto es que de allí nació una generación de artistas, autores y diseñadores, cuanto menos original y preparada.
La aventura siguió por el terreno laboral, en el textil (colecciones, ferias, llamadas, fotografías, más colecciones, más ferias, más fotografías…). Cuatro años de realidad que me empujaron hacia un terreno aún por explorar: el diseño gráfico. Dos años junto al maravilloso equipo de Código Gráfico, que me dio conocimientos, libertad y sobre todo grandes amigos, otros dos en el barco de Joaquín Gallego, en Elche, navegando por el diseño editorial, los grandes clientes, los trabajos bien hechos, milimetrados y meditados, absorbiendo todo lo posible de Joaquín y su equipo, y bebiendo dosis a dosis la confianza que me llevaría a crear DOSIGN COMUNICACIÓN GLOBAL.
Andrés me hizo hueco en un rincón de su despacho, donde intentaba no hacer demasiado ruido para dejarlo pensar y donde fui labrando el laberinto de clientes, proveedores, presupuestos, trabajos, proyectos personales y empresariales. Robando horas a las noches conseguimos aquello que se llamó Viento Fresco, me permitieron trabajar en proyectos como Muvifest, La Cita, Notas de Cocina y surgieron mil ideas que aún andan por carpetas llenas de polvo. Un paso más cuando Carlos me propone maquetar su periódico, el EPDV, un gran paso que me permitirá investigar en el terreno de la prensa escrita y dará un empujón hacia lo que es hoy DOSIGN.
Recién creada DOSIGN COMUNICACIÓN GLOBAL S.L con mi nueva socia, trabajadora incansable, casi siempre a la sombra, María Dolores, comienza una nueva etapa que no es más que un tramo en un camino aún por recorrer. Mientras seguimos aprendiendo de la vida, de nuestro trabajo y el de otros y seguimos intentando aprovechar cada oportunidad que el azar coloca a nuestro paso.
Gracias a todos y todas por dejarnos estar ahí, familia, amigos, clientes, conocidos, compañeros, profesores,… Gracias por dejarnos hacer lo que nos gusta.

